Esta ciudad me está volviendo cada vez peor. Paranoico, apático, psicótico y en general todos los "oicos" e "icos" habidos y por haber. Pero a diferencia de los que se encomiendan a deidades de plástico y de papel, de marmol y de vitrales, yo lo hago a la filosofía y a la literatura. Cada quien sus remedios.
Una ocasión acudí con un psiquiatra que me recetó unas pastillas. Negarlo sería hipócrita: eran geniales esas pastillas. Mientras las estuve tomando viví muchos de los mejores días de mi caótica vida. Desafortunadamente para mí aquello termino pronto. Digamos que terminó cuando mis posibilidades económicas se pelearon con mis apreciados fármacos. Eso fue lo más triste: que ni siquiera pude volverme adicto.
Me reía de todo, hasta de lo que no tenía por que reírme. Incluso una vez que se cayó una viejita en el metro no pude aguantarme y me reí. Adivinen el bonito cuadro de repudio popular que obtuve. Lo único malo era el sueño. Me daban un chingo de sueño las pastillas. La ventaja es que al dormir más pude imaginarme más cosas que luego escribí como cuentos y musicales estúpidos.
Ah, la manía de los musicales estúpidos. Los odio, pero tengo una rara afección a componerlos. Es como una terapia que uso cuando me siento derrotado por esta cosa que llamamos mundo. A mitad de la calle, caminando, o en mis clases en las que me pierdo y ya no entiendo nada de lo que dice el profesor, me pongo a hilar musicales que tienen como personajes a tipos de la vida cotidiana en situaciones monótonas.
¿Alguien dijo secuelas de los fármacos? Quizás, aunque creo que eso ya venía desde antes. De mi loco afán de hacer jingles y pensar ingeniosamente acerca de trivialidades. O sea de mis tiempos de secundaria y preparatoria. Cuando pensaba canalizar el desmadre que era mi mente (lo cual no ha cambiado nada) en lo que en ese entonces pensaba sería mi carrera: publicidad.
Lástima, hubiera sido bueno. Pero no, porque me vino la onda intelectualoide y quizás un poco (solo un poco) idealista. Al final terminé enrolándome en filosofía. Sin comentarios. Dejé pasar la oportunidad de encubrir mis desórdenes mentales, de ganar algo de dinero y de ser un mortal como todos los otros. Por el contrario, patético Aquiles de mí, (harto paradójico, pues me llamo Héctor) preferí la vida corta y llena de fama.
Hasta ahora nada de eso ha estado a mi entera disposición. Paso mis mañanas leyendo y escuchando bellas disertaciones que tratan de hacerme entender la estética en Hegel, el problema de lo uno y lo múltiple en Plotino y el cosmopolitismo de la ética Kantiana. Pero, oh oh, de repente voces en mi cabeza empiezan a componer, y luego a tararear, las tonadas más burdas del mundo... Definitivamente necesito mis medicamentos de vuelta. Al menos tendría una bonita excusa para mi locura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario